Ojos

El otro día me pidieron que hablara de los ojos; y hoy en el metro he pensado sobre ello. Por las mañanas muy temprano, cuando cojo el metro y me subo al primer vagón del inicio de línea, se llena enseguida de ojos.  Se podrían hacer las clasificaciones típicas: por colores, tamaño, forma, etc.  pero la clasificación que más me gusta es otra diferente.

 

Dos tipos de ojos.

 

Los que no ves. Son ojos que apuntan hacia el suelo, se clavan normalmente en pantallas electrónicas (móviles,  tabletas, ordenadores, etc.), en papeles (libros, revistas, apuntes), en algún otro tipo de entretenimiento, o simplemente...duermen. Estos ojos no están a la vista, no me dicen mucho. Es el destino de las miradas quienes me dicen algo, más que los ojos en sí.

 

Los que ves.  Apuntan a todas las direcciones y son los que vale mucho la pena observar. Te cuentan historias pero sin hablarte, no necesitan palabras para comunicar. Son historias de la gente que llamamos corriente, historias de personas como tú o como yo. Personas que cada día se levantan para llegar un poquito mejor que el día anterior. Normalmente ves el cansancio, las ojeras, el esfuerzo. Pero también ves ojos llenos de ilusión, de ganas, de confiar que hoy sí, hoy va a salir bien la entrevista; de que hoy apruebo el examen en quinta convocatoria o de que hoy voy a tener otra oportunidad de cruzarme con ella.

 

En cualquiera de los dos tipos, benditos sean los ojos, usémoslos para mirar un poquito más allá de nuestras narices, para comunicarnos y leer nuestras historias. Igual que yo leo, o intento, leer la tuya, ¿eres tú capaz de leer la mía?

 

Nos irá mucho mejor que si los usamos para resaltar lo que nos diferencia, impregnando de maldad algo tan bonito como es una mirada.

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