Desayuno con desconocidos

Acelero el paso para coger el tren. No un esfuerzo sobrehumano, simplemente un pequeño acelerón. Me meto por la primera puerta abierta, y me siento en el primer asiento que veo libre en el pasillo. Siempre pasillo por la mañana, ventana por la tarde; va a ser verdad que tengo manías.

En el lado de la ventana, enfrente de mí se sienta una chica joven, estudiante a todas luces, los apuntes en la parte externa de la carpeta le delatan. Estamos el tren que lleva a la Universidad Autónoma así que no es muy difícil adivinar su destino, pero quién sabe si el camino traerá sorpresas.

Me siento y me relajo, toca disfrutar del viaje. Pero noto cómo le cambia la cara, algo pasa. Fijándome un poco más ya adivino el por qué está incómoda. En una mano sujeta un vaso desechable de cartón con un café, en la otra tiene un bocadillo envuelto primero en una servilleta y luego en papel de plata. Le da un mordisco y lo esconde en el bolso situado a su costado, intenta disimularlo lo máximo posible. Entre mordisco y mordisco también se tapa la boca con los dedos de la mano libre, o aprovecha para dar un sorbo al café.

Los momentos donde la gente come hay que respetarlos así que discretamente miro hacia el otro lado, como el que gira la cabeza cuando ve una madre dando el pecho a su bebé. En el transporte público pasa que al final coges confianza con los desconocidos, los haces invisible una vez que los integras en tu mente, por lo que pronto empieza a coger confianza y se la ve más relajada. Esa idea de invisibilizar a los desconocidos me gusta, la apuntaré en cuanto pase la escena.

Ya casi acaba, no esconde el bocadillo, mastica con calma, está disfrutando del desayuno. Así sí.

Pero un golpe, esperado, de guión: la megafonía anuncia que estamos llegando a la siguiente parada, donde se subirán nuevos desconocidos, visibles e incómodos. Acelera al máximo los mordiscos, no se tapa la boca, no esconde nada, no hay tiempo. No merece la pena correr y arriesgarse a atragantarse pero no hay forma de cambiar la decisión de terminar a toda prisa el bocadillo.

El tren se detiene. Coloca el café en la repisa de la ventana, y justo a tiempo termina el bocadillo, se limpia la boca con la servilleta, hace una bola con el papel de plata y lo guarda en una bolsa dentro de su bolso. Se coloca encima de las piernas la carpeta con los apuntes sujetos por fuera, y disimula como si llevara 10 minutos repasando.

Entran los nuevos desconocidos, pero aquí no ha pasado nada.

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